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Viaje a la antesala de la selva PDF Imprimir E-Mail
Crónica
domingo, 24 de enero de 2010

  Por Izaskun Legarza N.

 A Sergio Astorga este trozo de lo sentido

De Quito a Puyo

Fue como realizar un viaje al interior de mi yo no asumido. Salir de la luz plena del cielo quiteño y acercarme, en cada curva, a la turbia luz de la selva incomprensible. Desaparecen las siluetas monumentales de las montañas andinas y empieza la llanura serpenteante.

Por la ventanilla asoman cascadas de agua dignas del mejor folleto turístico, niños de sonrisa amplia, paredes de roca para deporte del turismo europeo, prostíbulos de puertas abiertas y niñas en pijama, balnearios de lujo... La vida en una carretera.

Fue lento y profundo. Se hace negro en un túnel sin fin. Tras su boca un paisaje que presagia selva. Entonces, otro túnel inesperado. La oscuridad es absoluta. Miro directa a mis miedos. Se abre el cielo y ya es de noche. Las cinco de la tarde. El suelo embarrado. Un túnel más. Me pierdo en mi infancia, recuerdo a Carpentier, siento que busco los pasos perdidos. No podré soportar un nuevo hueco. Y se acerca otro túnel.

 Respiro buscándome dentro. El último túnel está en obras y hay que bordearlo por la carretera vieja. Bajo las ruedas el precipicio que lleva al río. Cierro los ojos. Me siento. De pronto toda la piel se me hace conciente. Noto su respiración. Pienso en total silencio.

Mi compañero de trabajo, el joven Pato, saca las fotos callado. Llegamos al Puyo en la noche prematura de la selva. Le pedimos al taxista que nos llevé a un sitio céntrico y barato donde pasar la noche. Nos lleva a un pequeño hotel situado junto a la plaza del centro. Le agradecemos y pagamos el transporte sin precio de extranjeros. Dos habitaciones individuales, 6$ por persona. Me siento invasora.

El Puyo es la capital de Pastaza, una ciudad que no lo parece, con silencio de tierra hospitalaria. Me ducho despegándome costras de prejuicios previos y salgo a pasear en la noche. Me siento a cenar en un comedor atestado de personas del lugar. Seco de pollo. Caigo en la cuenta de que no siento el tiempo. Nunca llevo reloj. Pero no es eso.

Me percibo alerta. Como si algo terrible pudiera suceder en cualquier momento. Como si faltaran escasos segundos para rodar la escena definitiva. Como si la vida pudiera quebrarse en cualquier movimiento. Anoto en la servilleta: "quietud de tensión extrema." Hay alcohol en las miradas cuando me voy a dormir. Sola.

El sonido de la lluvia me arrulla el sueño. Descanso tranquila. Bajo la ventana una pelea que incorporo a mis sueños. Hay algo violento en la exuberancia desbocada de la naturaleza que nos cerca. Me levanto a las cinco para caminar el silencio. Abro mi piel y miro. Me atrae. Y no lo entiendo.

 Me asqueo ante las fotos de turistas blancos asistiendo a ceromonias shuar o pintados como huaos. Me asombra la densidad de ese silencio que puedo sentir con todo el cuerpo. Desde muy dentro sé que hay algo que me da miedo. Me fuerzo a caminar despacio. El aire es agua. Estoy fascinada.

Me voy al trabajo. La gente nos acoge con extrema amabilidad. Cuentan, ríen, comparten. En un pequeño descanso la mujer a quien entrevisto me pregunta qué me parece su ciudad. No sé qué responder y le hablo de la neblina que nos cobija, de la cortina de luz y de las sensaciones que esa envoltura inmaterial me provoca. Ella me mira fijamente dejándome hablar. Cuando termino me toma las manos y clava sus pupilas en las mías. Habla: "En nuestra lengua Puyo significa neblina, agua en el aire, luz velada.... usted ya vivió esta ciudad, querida".

A la hora de partir estoy serena. Respiro despacio sintiendo la selva del otro lado. El pensamiento se me adentra a los orígenes. Me reconcilio con mis miedos y me vivo libre. Una parte de mí pertenece a ese silencio. La vida apreciada al fin, allí, en la antesala de la Amazonía.

 ***

 

En: Siempre con historias , blog de Izaskun Legarza.

 

 

 
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