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Leer un cuento. Microrrelato de Miguel de Loyola PDF Imprimir E-Mail
Micro Cuentos
sábado, 24 de octubre de 2009
 El escritor llega temprano, preparado para leer. Le han pedido ser puntual, habrá mucho público. Por eso denota nerviosismo cuando entra a la sala, pero viene reconfortado con la idea de leer su obra más reciente. Ha estado escribiendo cuentos eróticos, y eso agrada al lector, le han dicho. El erotismo está de moda, y la gente sigue las modas,  hipnotizada, sin cuestionarse, como cerditos bíblicos hacia el barranco.

Sin embargo, ya son cerca de las 19:30 y no llega nadie a la sala. El escritor pregunta tímidamente si hicieron las invitaciones respectivas. El organizador confirma, aunque de manera vaga.

Tal vez no las hizo, es lo usual en estos casos, piensa el escritor.

O tal vez sí, y eso fue todavía peor, reflexiona. Su obra y su nombre no figura en ninguna parte. Sus libros no han sido comentados en la T.V., tampoco en radios, diarios y revistas.

Entonces comienza a sospechar, la muchedumbre no ha venido por eso, dice en voz alta.  

Además, hoy la gente pasa ocupada en cosas muy importantes, rara vez se ve público en las presentaciones de libros, salvo aquellas personas vinculadas afectivamente con el autor, o comercialmente con el editor, o culinariamente con el coctel.

Pero, a los lectores verdaderos, ¿Quién los conoce? ¿Acaso existen todavía? ¿Alguien los ha visto alguna vez? Se pregunta sorpresivamente el escritor, aunque la pregunta se la ha hecho en otras ocasiones, en la soledad de su cuarto, y también durante otras lecturas donde asola la misma soledad.

Aún así, sorpresivamente, a las 19:45 en punto, el escritor toma su lugar frente al micrófono y comienza a leer.

Aparte del organizador no hay nadie más. Están los dos solos y se siente el vacío en el interior de la sala.

El escritor mira hacia el público inexistente, y continúa leyendo, ahora con fuerza, con mayor vehemencia, sin importarle nada, lee como si la sala estuviera repleta de gente, al punto que sorprende al propio organizador del espectáculo, quien en algún momento, llega a ver la sala atestada de oyentes.  

El escritor bebe un sorbo de agua, se acuerda de la sonata de John Cage, 4´33¨, y continúa, inmutable, sin parar hasta terminar su relato. 

 
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