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El joyero de la luna

Por A Lai

Traducción: Liljana Arsovska

En mi terruño, Hegu, cuando la luna llena asciende al cielo, la gente dice:

—¡Oigan, el joyero está trabajando!

Cuando la luna escala al vacío, sus rayos hacen que Hegu se vea vasto; todo el rededor es borroso y se hunde en la lejanía. Es entonces que puedes oír el ding, ding, ding en la luna o encima de ella. La gente, sin poder contenerse, levanta la mirada hacia la luna y exclama:

—¡Oigan, el platero está trabajando!

El padre del platero solía hacer herraduras para caballos. A decir verdad, en aquel entonces la división del trabajo aún no era tan clara, y ese hombre trascendió simplemente porque tenía talento. En realidad, era un simple esclavo doméstico en la casa del Tusi[1] Luc: cuando había cartas que repartir, las repartía por todos lados; cuando no, pastoreaba caballos. Una vez, mientras repartía cartas, encontró en el camino a un herrero congelado. Recogió los objetos de éste que aún servían y luego construyó, al lado de la caballeriza, un horno de barro y reparó unas cuantas herraduras. Tiempo después, encontró en el camino a un niño. Embrujado por su tierna mirada, lo cargó y lo llevó a casa. Al Tusi, que era su amo, le dijo:

—Deja que este chiquillo sea mi hijo y tu pequeño esclavo doméstico.

El Tusi, sonriendo, dijo:

—¿Quieres decir que está creciendo mi ganado? ¡Espero que no desperdicies en vano los granos de mi granero!

El esclavo negó con la cabeza y el amo accedió:

—Bueno, enséñale entonces el oficio de herrero. Quiero tener un esclavo especializado en herraduras de caballo.

Fue así que esa pequeña criatura no se perdió en la intemperie para convertirse en alimento de perros hambrientos y lobos salvajes. Parado a un lado del horno, el chiquillo poco a poco creció. Con la mirada podía distinguir los ochenta y un tonos del amarrillo del fuego; sostenía el martillo y sabía perfectamente dónde pegar entre lo frío y lo caliente del metal. Todos los que lo conocían decían que iba a convertirse en el mejor herrero del mundo, pero él siempre lograba librarse de las manos que acariciaban su pequeña cabeza y enfocar su mirada en el lejano horizonte donde flotaban nubes blancas. Su padre adoptivo solía llevarlo consigo cuando repartía las cartas, así que el pequeño se enamoró de aquellos viajes. Los caminos entre montes y cerros fortalecieron sus piernas. Comparado con otros esclavos en el territorio del Tusi Luc, él era hombre de mucho mundo. Muchos de por allí, en toda su vida ni siquiera habían llegado a cruzar una loma; él, sin embargo, no sólo había recorrido todos los campos de su amo, sino que incluso había ido a tierras de otros Tusis.

Un día, su padre le dijo:

—Cuando me muera, tú no necesitarás trabajar tanto; dedícate solo a las herraduras del amo.

El joven irguió el rostro y se puso a mirar las nubes flotantes. Ya tenía algunos pelos en la barba, pensamientos propios y veía cómo su padre se acercaba hacia la nefasta vejez. El padre le dijo:

—No seas cabezón ni presumido; no abuses de la merced del amo, te trata bien porque piensa que eres listo y eso es todo.

El joven, mientras aquel hablaba, perseguía a los pájaros con la mirada. No es que fuera a hacer algo especial o que fuera a dejar de hacer algo especial; simplemente, tal vez, tenía algunos presentimientos sobre su futuro. De pronto, preguntó:

—Por cierto, padre, ¿cómo me llamo? Ni siquiera tengo un nombre.

El padre suspiró:

—Tienes razón; siempre pensé que algún día alguien me preguntaría tu nombre, que tus verdaderos padres llegarían para recogerte, pero nunca llegaron. Que Buda los proteja, tal vez se nos adelantaron en el camino hacia el cielo —y, mientras aún suspiraba, agregó—: tú eres una persona que no se conforma con ser esclavo, tienes un corazón lleno de orgullo.

El joven también suspiró:

—¡Póngame un nombre, padre!

—El amo te pondrá un nombre. Cuando yo me muera, tendrás un nombre y le pertenecerás exclusivamente a él.

—Pero ahora quiero saber quién soy, padre.

Entonces, el padre lo llevó a ver al amo, que era el más instruido de todos los Tusis del rededor. Cuando llegaron, justo lo vieron hojear un libro a toda velocidad.

El libro que leía el amo tenía que ver con la riqueza del lenguaje, es decir, con las diferentes formas de nombrar una cosa. Era una tarde fresca con el sol a punto de esconderse detrás de las montañas: al este se asomaba el rostro de una luna nueva. En el lenguaje coloquial le decían zena. Cuando el amo les preguntó si sabían cómo se llamaba esa luna, el padre golpeó al joven con el codo, a lo que éste respondió estirando la cabeza:

Zena.

—Sabía que dirías eso; y, mira, en este libro uno puede encontrar muchos nombres para referirse a la misma cosa —sonrió el Tusi.

Entonces el padre dijo:

—Este muchacho no quiere esperar a que me muera. Por favor, amo, póngale un nombre a este esclavo suyo.

El amo lo miró y le preguntó:

—¿Ya dominas todo el conocimiento que existe sobre las herraduras?

¿Cuánto conocimiento existirá sobre las herraduras?, pensó el joven, y a pesar de ello contestó:

—Ya me lo sé todo.

El amo lo miró de nuevo:

—Eres muy hermoso y las mujeres te van a perseguir. Pero eres muy orgulloso, y espero que no sea porque te sabes hermoso. Aún no le has aprendido lo más importante a tu padre de crianza: un esclavo jamás puede ser orgulloso. Pero hoy estoy contento, así que te voy a dar un nombre. Te voy a poner el nombre de aquello que no puede brillar cuando el sol está presente: te llamarás Daze; significa que tu hermosura llega hasta la luna.

Justo ese día, el amo había visto la sombra tenue de la luna incipiente en el horizonte mientras leía un libro de sinónimos donde aparecían varios nombres de la luna. Había elegido ese nombre para el experto en herraduras, además, quizá por su hermoso rostro, un rostro lleno de orgullo e inconformidad. Eso le inspiró a pensar que, si el muchacho era tan hermoso como la luna, entonces él, por ser el sol, opacaría, de una vez por todas, su brillo colosal.

Pero aquel amo, inteligente a más no poder, en ese instante olvidó que en la ausencia del sol la luna brilla en todo su esplendor. El joven, ya bautizado, tampoco pensó que la luna tendría tanto que ver con su destino. Padre e hijo adoptivos hicieron una reverencia y se retiraron. Desde entonces, siempre que el amo salía, el joven esclavo corría tras de él con muchas herraduras nuevas en las manos y cada cuando las cambiaba. El eco, dang, dang, dang, de las herraduras rompía el silencio de las noches y las desoladas mañanas y entraba en los corazones de algunas muchachas en los caminos. El amo le decía:

—Sigue martillando. Algún día, éste no será el oficio de un esclavo sino de un pequeño funcionario o, por lo menos, de un hombre libre. Al igual que a los joyeros, a ti también te van a pagar por tus servicios.

Al poco tiempo murió el padre de crianza del muchacho y, no mucho después, la hija de un joyero que trabajaba la plata se enamoró del joven. El joyero y su hija vivían justo afuera del palacio del amo. Cuando Daze pasaba por su casa, veía a la muchacha montada en el umbral del portón, y ella no le ofrecía té caliente ni le insinuaba cosas, sino que sólo le preguntaba:

—Daze, ¿crees que hoy va a llover? Tus botas están algo rotas.

El joven, aunque orgullosamente pensaba: Esa potra aprendió encajar las pezuñas, lo que realmente decía era:

—Sí, tal vez llueva y tal vez no. Y sí, mis botas están algo rotas.

Un día, Daze se animó y entró en la casa del platero. El hombre bajó un poco sus anteojos para poder verlo bien. Los anteojos eran de un cristal que parecía no tener fondo.

—Quiero ver cómo trabaja un platero —le dijo el joven.

El maestro agachó la mirada y siguió con su trabajo. El ruido de los martillazos del platero era parecido al de los martillazos de Daze a la hora de forjar las herraduras, ding, ding, dang. La segunda vez que fue, dijo:

—Vine a escuchar los martillazos sobre la plata.

—Martilla eso, así podrás escuchar el sonido —dijo el platero.

Al ver un hermoso platón de plata ante sus ojos, el joven no se atrevió dejar caer el martillo. Encima del platón, redondo como la luna, yacía esculpido un hermoso ramillete de flores. Las manos del platero eran grandes y sucias; sus dedos estaban secos, arrugados y encorvados como ramas. En cambio, las manos de Daze eran ágiles y diestras. Tomó el matillo con mango de madera de cerezo y golpeó donde pensaba que los trazos tenían que ser más hondos y pronunciados. Sus martillazos eran música para los oídos. Antes de partir Daze, el platero le dijo:

—Cuando no tengas nada que hacer, ven a ver, puede ser que mi oficio te agrade.

Cuando Daze regresó, el maestro le dijo:

—Debes estudiar este oficio, tu talento te vino del cielo, naciste para dedicarte a esto.

El maestro le comentó lo mismo al amo, a lo que éste replicó:

—Si él es el maestro, entonces, ¿tú que eres?

—Comparado con sus habilidades a futuro, yo apenas soy un herrero.

—Pero sólo un hombre libre puede dedicarse al oficio de la plata. Eso es un oficio muy honorable.

—Te ruego que le otorgues la libertad.

—Hasta ahora, él no ha tenido grandes méritos, sabes que para eso tenemos reglas.

—Te he dado toda mi vida —lanzó un suspiro el platero—; pon ese favor a su cuenta futura. En poco tiempo, la destreza de tu hombre libre y mi futuro yerno será alabada en los alrededores de nuestra montaña nevada y tu nombre será vitoreado.

—¿Y todo eso para qué?

Cuando dijo eso el Tusi, Daze sintió una profunda decepción. No por otra cosa sino porque el amo tenía razón. ¿Cuál era la diferencia entre un nombre vitoreado por todos y un nombre completamente desconocido? ¿Cuál era la diferencia entre la fama y el anonimato? Daze sintió al mismo tiempo el deseo ardiente por la fama y la falsedad y el vacío, y dijo:

—La fama no tiene sentido; ser libre o no, tampoco es importante. Deje de rogarle, maestro, y déjeme vivir en mi esclavitud.

El amo le dijo al maestro:

—La libertad es nuestro anhelo; la arrogancia es nuestro enemigo. Tu recomendado puede vencer lo primero, pero no lo segundo. Voy a cumplir su deseo.

Entonces miró a Daze y le dijo:

—Ve al horno y forja un machete y una azada para ti y únete al resto de los esclavos.

Cuando salieron del imponente palacio del amo, el platero le dijo a Daze:

—Jamás vuelvas a mi casa. Tu vida nunca será auspiciosa; lastimarás a todos los que te aman.

Después de decir eso, el platero se fue sin ni siquiera voltear una sola vez.

Frente a Daze quedaron los rayos del sol, que no eran otra cosa que el brillo de sus lágrimas. Dimensionó el precio que había pagado por su orgullo. Abrió el horno, forjó un machete y una azada y entendió qué era lo que había perdido para siempre: la oportunidad de convertirse en platero. Y, entonces, exclamó:

—¡Padre!

El viento que se levantaba del cauce del río sopló sobre los techos y de paso sofocó su llanto. No se fugó esa misma noche sólo porque quería ver una vez más a la hija del platero. Al amanecer se acercó a la puerta del taller de plata. La muchacha se estaba lavando la cara encima de una vasija de cobre. Al verlo, tiró la vasija al suelo y se metió a la casa. La última puerta de sus esperanzas se cerraba ante sus ojos, y todo por un instante de estupidez, por una palabra manchada de orgullo. Daze puso el machete y la azada sobre el portón cerrado del amo y emprendió su nuevo camino. Vio el sol elevarse de frente mientras el rocío brillaba encima de las hojas de los árboles. El viento hizo volar su vestimenta harapienta y el orgullo nuevamente se apoderó de su corazón. Incluso pensó en cantar, cuando de pronto recordó que en toda su vida jamás había tarareado una canción. A pesar de todo, sentía el valor de la vida.

Pero cuando Daze dejó la casa de su amo, desconocía por completo las reglas, y ni por un instante imaginó que, desde no muy lejos, un fusil amenazaba su vida. Avanzando con grandes pasos, no parecía un esclavo fugitivo. El capataz ordenó disparar cuando los Tusis, padre e hijo, se acercaron:

—¡Esperen! ¡No disparen! —ordenó el padre.

El capataz dijo:

—El amo tenía razón, esta bestia se tragó sus granos y se largó.

El Tusi padre entrecerró lo ojos y siguió con la mirada la sombra que se alejaba a grandes pasos. Entonces, le preguntó a su hijo:

—¿Te parece un fugitivo?

El joven Tusi preguntó:

—¿Qué se dispone encontrar ese hombre?

—Recuerda, hijo, ese hombre va a buscar algo que necesita, pero un día regresará. Si ese día ya no estoy, debes tratarlo bien. Yo no soy bueno, pues mi corazón alberga mucho más orgullo que el suyo.

—¿Qué beneficio le puede traer ese hombre al amo? ¡Vamos a disparar! —instigó el capataz.

Pero el amo no lo permitió. El platero también se acercó a rogarle:

—Mátelo, le ruego que lo mate. De lo contrario, él será el mejor platero del mundo.

—¿Acaso no es lo que querías?

—Pero él no es mi aprendiz.

El amo soltó una gran carcajada. Los demás no tuvieron otro remedio más que quedarse mirando la sombra que poco a poco dejaba los territorios del amo. Más allá de sus tierras había un mundo enorme, ¡simplemente enorme! ¡Cuánta riqueza y cuánto sufrimiento había debajo de esos vastos cielos!

—Hijo, recuerda este día. Si ese hombre no perece en los caminos, un día regresará. Regresará como un platero, un platero orgulloso cuyo renombre alcanzará los cuatro vientos —y luego agregó dirigiéndose al resto—: Todos ustedes recuerden este día. Cuando él regrese, recuerden que el viejo amo sabía que él algún día regresaría. Sólo diré algo más: cuando él regrese, permítanle expresar su orgullo en caso de que sea un gran platero. Temo que cuando él regrese yo ya no estaré aquí —concluyó el amo.

El joven amo objetó:

—Las cosas no son así. ¿Por qué dices eso?

El amo de nuevo rio:

—Hijo mío, eres digno de ser un Tusi. ¡Eres listo! Lo que necesitas es que tu mente supere las distancias que las piernas de ese hombre recorrerán.

Todo pasó como el amo lo predijo. Muchos años después, por todos los picos y las colinas de la montaña nevada se escuchaba el nombre del mejor platero de todos los tiempos. El viejo amo solía decir:

—Yo le puse ese nombre.

En algún lugar lejano, el platero forjaba el escudo de algún clan pudiente, o forjaba el trono y los símbolos de algún Buda viviente. El amo había envejecido ya, pero sus ojos marchitos jamás dejaron de postrarse en el camino hacia el Tibet. En los inviernos, ese camino era muy solitario. La montaña nevada brillaba bajo los rayos rojos del sol. El joven amo supo que su padre no había podido perdonar el orgullo del esclavo y, al no haberle concedido la libertad, lo obligó a vagar por los caminos de la vida. Ahora pretendía pasarse por un benefactor que, con métodos extraordinarios, había llevado a un hombre a la grandeza. A pesar de ello, dijo:

—Todos sabemos que, sin tus consejos, ese hombre jamás hubiera llegado tan lejos. Pero él no lo sabe y a lo mejor te odia. Oyes su nombre, pero no puedes verlo. ¡Quiere matarte de coraje!

—No, no es cierto. Él es un hombre inteligente, yo le di el nombre. Estoy seguro de que regresará y hará para nosotros la más preciada pieza de plata en el mundo —sentenció el viejo.

—Lo esperarás a toda costa, ¿verdad?

—¡Lo esperaré!

El joven Tusi envió esclavos a todos los lugares donde se decía que aquél trabajaba, pero el platero simplemente no quiso obedecer la orden de regresar. Le dijeron que el viejo estaba a punto de morir y que lo quería ver por última vez.

—Todos van a morir, yo también moriré algún día. El día en que de mis manos salga la joya que a mí me haga feliz, ese día regresaré a casa. Sé que le debo una vida —contestaba.

Un emisario le dijo que el viejo amo esperaba que él le hiciera la vasija más preciosa del mundo.

—¿Acaso le debes una vasija de plata?

—No, no les debo eso. Crecí con la comida corriente de su casa. Cuando me fui, pudieron haberme matado, pero ni un disparo oí a mis espaldas y sé que en la casa del amo hay tiradores de sobra. Sé que mi reputación me precede, pero también sé a quién le debo esta vida. Cuando haga la vasija más hermosa del mundo, regresaré a casa.

Daze se rascó la cabeza y mostró orgullo en el rostro. Su mandíbula era ancha y plana, y su rostro se estrechaba a la altura de los ojos, protuberantes como tambores; toda su apariencia reflejaba un descontento innato con la vida. En esos tiempos trabajaba para un Buda viviente. Hacía una cosa para él y éste sacaba más plata y le pedía otra pieza, y así había transcurrido todo un año. Un día, el Buda viviente sacó más plata, pero Daze el platero le dijo que ya no podía trabajar para él:

—Voy a partir, mi amo pronto morirá y espera verme.

El Buda le dijo que aquel que no lo dejaba en paz, ya había muerto:

—Sé lo que piensas: quieres hacer la vasija más hermosa del mundo y llevársela para saldar cuentas para siempre. No me digas nada. Tú eres un artista y, como muchos artistas del mundo, no eres grande porque tu orgullo y tu soberbia no te lo permiten. Lo bueno es que tu verdugo emocional ya no está.

El platero sintió que el Buda viviente había visto a través de sus cinco órganos y sus seis vísceras y logrado penetrar en su mente:

—¿Cómo sabes que está muerto? ¿Sabrás entonces cuál era su nombre?

El Buda viviente sonrió:

—Ven, te voy a enseñar a ver cosas que los demás no pueden ver. Ya lo dije, tú no eres un hombre ordinario, tú eres un artista.

En su habitación de ritos y prácticas de autocultivación, el Buda viviente sacó una vasija con agua transparente y la puso ante la imagen de una deidad, leyó algunos conjuros, y luego agitó el agua con una pluma de pavorreal. En la vasija aparecieron imágenes. Se veía un hombre que sostenía un tesoro en la mano; de pronto, un satín amarillo cubrió su rostro. Daze quería ver si el hombre era su amo de antaño, pero el agua se tornó turbia y ya no pudo distinguir nada. En medio del silencio, de pronto oyó su propia voz; parecía llanto y, también, risa.

—Bien, tu corazón ya está curado —le dijo el Buda viviente—; ahora puedes concentrarte y hacer tu obra maestra para mí.

Se acercó al oído de Daze y añadió:

—Recuerda, tú eres un gran artista.

Tal vez por lo encerrado de la habitación, o tal vez por el exceso de silencio, el platero sintió que su oído vibraba al son de la voz del Buda viviente. Se quedó a trabajar durante más tiempo con el Buda, pero nunca pudo hacer la vasija de sus sueños, así que finalmente fue despedido.

Un camino que iba hacia el este, y otro hacia el oeste, aparecieron ante sus ojos. El platero dudó. Hacia el este estaban los territorios de su amo, el sitio donde había comenzado su vida. La persona a la que él le debía la vida ya no estaba y el joven amo no tenía derecho de quitársela. Hacia el oeste estaba la montaña nevada con todos sus secretos y misterios. Más allá estaban los territorios de Casimira, las tierras de los Budas. Adentrarse allí significaba no regresar jamás al este. Se quedó dos días en aquella encrucijada del camino. Nadie pasó por allí. El tercer día vio a un pordiosero que, en cuanto lo vio, le dijo:

—De ti no quiero nada.

—Yo tampoco quiero nada de ti, pero te puedo dar un lingote de plata.

—No quiero cosas que forjas en el fuego, quiero cosas que nacen de la tierra —y añadió—: ¿En cuál de los caminos crees que puedo encontrar alimento? Si no meto algo en mi boca, moriré de hambre y los muertos de hambre no bajan al infierno.

Se sentó a la orilla del camino, se quitó una bota, profirió una oración, tiró la bota al aire y tomó la dirección que señaló la bota al caer al suelo.

El platero de pronto sintió hambre. Como no había podido tomar una decisión, decidió copiar al pordiosero. Se quitó una bota y la aventó al aire resuelto a seguir la dirección a donde apuntara la punta de su bota. La bota señaló la dirección que él quería evitar: el este. Sabía que allí no le esperaba nada bueno, pero suspiró y tomó la carretera designada por su destino.

Soltó los pasos cuando de pronto sus manos comenzaron a temblar. Entonces les dijo:

—Manos, no me culpen, sé que aún no han hecho su obra maestra, pero también sé que esperan por mi cabeza; en la próxima vida crezcan igual en mi cuerpo.

En ese instante, un pico nevado apareció frente a él.

—No permitiré que se congelen; las pondré en mi regazo, así cuando en la próxima vida nos encontremos, ustedes estarán bien.

El camino de frente era cada vez más tortuoso, pero las manos se calmaron. Caminó muchos días y finalmente llegó a los límites de su hogar. Les pidió a todos los transeúntes que le dijeran al amo joven que había huido porque no le habían permitido ser platero, pero que finalmente regresaba y que estaba dispuesto a morir en cualquier lugar del territorio de su amo. Si lo dejaban elegir su muerte, evitaría el tiro por la espalda, pues él era célebre y merecía una muerte digna de los célebres. El joven amo, al oír la noticia, dijo sonriendo:

—Díganle que no quiero su vida, sólo quiero su arte y su prestigio.

Esas palabras llegaron a los oídos del platero. Pero tan pronto pisó las tierras del amo, el orgullo de nuevo lo invadió, y entonces mandó que le dijeran al amo que él no tenía por qué trabajar para él. Todos sabían que había huido porque no le habían permitido ser aprendiz de platero. El amo no le había quitado la vida y él había quedado en deuda. Ahora que regresaba convertido en un renombrado platero, quería pagar su deuda. Se había ido debiendo su vida y regresaba para pagar con su vida y no podía ofrecer su arte en garantía. La gente decía de él que era un héroe, y él también se sentía como tal. Era un héroe dispuesto a morir; su cabeza llena de orgullo apuntaba al cielo. Al sitio a donde llegaba, lo admiraban y le ofrecían los mejores alimentos. Ese día pernoctó en el camino y la gente le llevó a una muchacha y él la recibió. Cuando terminaron, la muchacha le dijo:

—Me dijeron que no te gustan las mujeres.

Él contestó que sí le gustaban, pero que ahora, al final de su vida, no quería que ninguna mujer hiriera su corazón. La joven le dijo que la mujer que habría podido sacudir su corazón ya estaba muerta. El platero suspiró. La joven también suspiro y dijo:

—¿Por qué no regresaste antes? Si hubieras regresado tiempo atrás, yo habría sido virgen aún y tú habrías sido mi primer hombre.

El platero sintió una punzada en el pecho:

—¿Y quién fue el primero?

La joven, sonriendo, contestó:

—Puedes ver que soy hermosa. Con excepción del joven amo, ¿quién se atrevería a ponerme las manos encima? Si no me crees, puedes confirmarlo con cualquier mujer de estas tierras.

Esas palabras no lo dejaron dormir.

En el camino hacia el palacio del amo, conquistó a todas las jóvenes bellas y no encontró ni una que no hubiera sido gozada por el amo. Comenzó a odiar profundamente al antaño joven Tusi que solía montarlo mientras jugaban, pero que ahora era su amo.

Juró en su corazón que ni muerto haría una pieza de plata para él. Estiró las manos y les dijo:

—Manos mías, no tengo con quién desquitarme, dejen que lo haga con ustedes.

Abrió sus largas piernas y, encarando el viento, bajó por la colina.

Ese día, el joven amo decidió aplicar nuevas medidas administrativas para hacerse diferenciar de su padre y así afianzar su gobierno. Les dijo a sus súbditos que, en aquel entonces, cuando el herrero había pedido su libertad, su padre tendría que habérsela otorgado. Al capataz le dijo que la vieja regla de sacrificar a los fugitivos ya no funcionaría; en el futuro, todos los hombres talentosos podrían pedir su libertad. El capataz, sonriendo, le dijo que en cientos de años sólo había aparecido un hombre con talento extraordinario. En ese momento, los vigilantes entraron para reportar que el platero se aproximaba. El joven amo, a la cabeza de un séquito de mujeres, de su capataz y otros sirvientes, subió a la terraza y vio a un hombre que se acercaba a grandes pasos. El portón cerrado del palacio lo obligó detener su camino. El sol se ponía en el oeste. Las sombras de los amontonados en la terraza le taparon el sol. El platero, sin más remedio, levantó la mirada y gritó:

—Joven amo, he regresado.

—Has vagado muchos años por el mundo, ¿acaso no sabes que ahora debes de llamarme venerable amo, simplemente? —dijo el joven Tusi.

—Justo por saber que le debo al amo mi vida, he regresado —contestó el platero.

—A mi padre le debías tu vida. Conmigo, las cuentas están saldadas —dijo el joven amo y añadió—: Debajo de este brilloso sol lo digo y lo sostengo: de hoy en adelante eres un hombre libre.

El portón se abrió ampliamente.

—¡Entra, platero! —dijo el amo.

El platero entró y se paró en medio del patio. El resplandor del piso brillante cegó sus ojos. Parado allí, sólo escuchó las botas del amo, ding, dang, ding, dang, acercarse.

—Camina libre, lo que brilla en el piso son sólo piedras, no es plata. Y aunque fuera plata, tú no deberías de tener miedo de pisarla —dijo el amo.

—¿Cómo puede haber tanta plata en este mundo? —preguntó el platero.

—Si en este mundo no faltaran cosas, ¡qué aburrido sería! Olvida el pasado. Por ser un platero que nace una vez en cientos de años, claro que trataré de juntar toda la plata de este mundo para que puedas desplegar tu talento —suspiró un poco y siguió—: Ahora que me toca gobernar, me muero de aburrimiento, pues mis antecesores hicieron tantas cosas y yo no sé qué hacer para superarlos. Lo bueno es que tú regresaste. Me dedicaré a concentrar la plata existente para que tú manifiestes tu talento y así pueda yo convertirme en el amo que haya poseído la mayor colección de piezas preciosas en toda la historia del hombre.

El platero de pronto oyó su propia voz que decía:

—Posees demasiada plata, ¿por qué mejor no te conviertes en mi aprendiz?

El capataz corrió hacía él y le propinó una cachetada.

El joven amo, con toda la tranquilidad del mundo, dijo:

—Cuando entraste a mi casa pedías tu muerte. A mí siempre me ha agradado el talento y por eso te traté bien. ¿No será que no posees ningún talento?

—Un chorro de sangre fresca brotó de los labios del platero.

El amo añadió:

—Aunque fueras un platero apócrifo, tampoco te voy a sacrificar —dijo, y mientras subía las escaleras para retirarse, gritó dirigiéndose a los suyos—: El banquete que preparé para el platero, ofrézcanlo a los sirvientes.

El orgulloso platero, parado en el patio vacío, susurró:

—No logrará humillarme. No haré ni una sola pieza para el amo. Pero, eso sí, haré la más hermosa pieza de plata para que mi pueblo tibetano recuerde por siempre mi nombre.

Daze el platero asentó su vivienda en una cueva y al otro día por la mañana, salió a la calle con su herramienta.

Quería hacer piezas para la gente que le pertenecía al amo, pero todos cruzaban las manos y le decían:

—Claro que queremos joyas de plata, pero no tenemos plata.

Decepcionado, el platero recorrió las casas de los esclavos, los hombres libres, los lamas y los caciques del rededor. Casi les rogaba para que le dieran la oportunidad de hacer la pieza más hermosa del mundo para ellos. La gente negaba con la cabeza; tal parecía que, además de no saber que en el mundo existían objetos exquisitos y hermosos, ni siquiera poseían una gota de compasión y misericordia.

Finalmente, les dijo:

—Miren mis manos, ¿creen que estas manos pueden echar a perder su plata?

Desafortunadamente, los plateros no tienen plata. Daze dibujó el contorno de su mano larga y diestra en el lodo y, apresurado, fue al bosque a recolectar resina de pino. Los plateros usan la resina de pino para hacer moldes para sus grabados. Él pensaba primero grabar su mano en la suave y delicada resina. Justo cuando en un árbol encontró una pieza útil y se disponía a subir por ella, escuchó aullar una manada de coyotes y, en seguida, un disparo de escopeta; la fresca resina se esfumó ante sus ojos y él cayó al suelo. Apenas se recuperaba de la caída cuando sintió una escopeta en la cabeza. Pensó que el amo finalmente había decidido ejecutarlo. Cerró los ojos e, inesperadamente, percibió el perfume de flores y yerbas diversas, pero el penetrante aroma de la resina de pino superaba al de todas las flores del bosque. Daze entonces supo que no sólo poseía manos de platero sino también una nariz de platero. Mientras por sus mejillas rodaban dos lágrimas de sueños incumplidos y deseos insatisfechos, dijo:

—Disparen.

El guardabosque exclamó:

—¡Cielos, es nuestro platero! ¡Cómo te voy a disparar! Aunque entraste sin permiso en el bosque sagrado del amo, si él no te mata, yo no lo haré.

El platero aspiró una bocanada de aire fresco y no pudo menos que estremecerse; por su atrevimiento, ahora le debía una vida más al amo. Dicen que los perros tienen tres vidas y los gatos, siete, pero el platero sabía que él solo poseía una miserable vida. En el bosque sagrado hay árboles del alma y árboles de la vida; cualquiera que atente contra ellos merece un castigo ejemplar. El platero suplicó:

—Átenme, por favor, y llévenme con el amo.

El guardabosque lo ató y lo arrastró como perro hasta la mansión del Tusi. Apenas comenzaba la primavera y la llovizna aletargaba; los habitantes del palacio, los amos y los sirvientes, todos dormían la siesta del medio día. El guardabosque sujetó al platero a un poste y, antes de partir, le dijo que debía esperar a que se despertara el amo para reportarle que él, el platero, había lastimado el árbol de alma de la matrona de la sexta generación de su clan. Mientras el hombre desaparecía bajo la suave brisa, el platero de pronto percibió el aroma de flores de manzano que salía de detrás de los muros del palacio. Entonces se dio cuenta de que había pasado otro año. ¡Cuántos bellos sitios había visitado! Todos esos paisajes ensanchaban el corazón y el espíritu. Daze, ¿por qué tuviste que regresar?, pensó arrepentido. Había regresado para pagar con su vida sin imaginar que antes adquiriría una nueva deuda y le debería al nuevo amo una vida más. El guardabosque tenía gran experiencia en nudos y amarres: el nudo con el que lo sujetó de la garganta lo obligaba a mantener la cabeza muy en alto, justo como su soberbia se lo exigía.

El platero realmente quería aparentar humildad ante el amo, pero al bajar la cabeza, la lengua se le salía por la boca y parecía un perro agitado debajo del sol abrazador. Eso no le gustó, así que levantó la cabeza aparentando, como siempre, gran soberbia. Vio cómo la gente del palacio poco a poco se levantaba de la siesta y comenzaba a pasear por los pasillos. Todos pretendían no verlo amarrado allí. Los sirvientes entraban y salían de la habitación del amo, que seguramente ya estaba enterado de todo. Para sosegar la rabia de su corazón, Daze decidió pensar en otras cosas: la huella de su mano que había estampado en el lodo, seguramente ya se habría secado y el viento la habría alisado... El amo no salía de su habitación. A todos los que pasaban cerca de él, Daze les pedía que le reportaran su presencia al amo, pero, al parecer, éste no les hacía caso. Rompió en llanto y luego comenzó a proferir insultos, pero el amo no se asomó. Luego volvió a llorar y despotricó de nuevo. Los sirvientes comentaron de él que se había vuelto loco. Y él mismo comenzó a escuchar extrañas voces en su cabeza y a pensar que se estaba volviendo loco. Justo entonces, el amo se asomó por la terraza y preguntó:

—¿Qué le hacen a nuestro platero?

Como nadie le respondiera, se dirigió a Daze:

—Platero, ¿qué te pasa?

—Enloquecí —contestó Daze.

—Sí, veo que estás enloqueciendo. Lastimaste a nuestro árbol del alma. ¿Qué vamos hacer ahora? —preguntó el amo.

—Eso merece la pena de muerte.

—Has cometido otro crimen que se castiga con la muerte, pero sólo tienes una vida.

Daze permaneció en silencio.

—Suelten a este loco —ordenó el amo.

Daze fue desamarrado y conminado a irse. Pero él, aferrado al portón, gritaba:

—¡No estoy loco! ¡Soy el platero!

Aun así, lo sacaron y azotaron el portón en su cara. De la cabeza de tigre que adornaba el portón asomaban unos dientes filosos. Desde entonces, ya nadie lo tomaba por platero. Antes no le daban trabajo por obedecer las órdenes del amo; ahora, ya nadie lo tomaba en serio. Aunque el amo le había perdonado dos veces la vida, Daze, siempre que podía, decía:

—¡Qué feos son los tigres del portón de la casa del amo!

—Haz unos más bonitos, entonces —le contestaban.

—Pero tengo hambre —respondía.

La gente ya no le ofrecía manjares y él les insistía:

—Recuerden que soy platero.

No eres más que un loco —replicaban—; jugaste con el destino y enloqueciste.

A costa suya, el joven amo se había hecho una muy buena reputación:

—¡Vean qué bueno es nuestro amo! ¡Qué tolerante y bondadoso! —decían.

A sus súbditos, el amo les explicaba:

—El platero piensa que dos manos hábiles es todo lo que un hombre necesita; tal vez jamás se dé cuenta de que un hombre también necesita cerebro. Esta vez probablemente enloquezca, y ojalá se dé cuenta de que no puede conmigo.

De pronto, bajo la muy tenue luz de la luna se oyó dong, dong, dong; era el platero que martillaba plata en el portón del amo. ¡Qué conmovedor era ese sonido! Parecía resonar hasta la luna y luego venir de vuelta. La gente se acercó para ver: el platero trabajaba en las cabezas de tigre que adornaban el portón. Aunque la oscuridad era casi total a pesar del amparo de la luna, el platero seguía martillando. Los súbditos del amo se preparaban para correrlo, pero éste los detuvo y, dirigiéndose a Daze, inquirió:

—¿Quieres demostrar que eres platero y no un loco?

No hubo respuesta.

—Oye, voy a pedir que prendan fuego para iluminar la noche.

El platero entonces dijo:

—Prepara la navaja, pues ya estoy por terminar, sólo me faltan unos cuantos pelos de la barba, así que no te tocará esperar mucho. Quiero que la gente sepa que soy un platero, aunque también estoy loco. Si no estuviera loco ¿crees que me atrevería a retarte?

—¿Y porque querría yo matarte? Reconociste tu error y, además, ya estás trabajando para mí. Ahora te recompensaré.

La gente no entendía nada. ¿Quién de los dos tenía la razón? Ambos la tenían. Si los dos estaban en lo correcto, lo que estaban haciendo entonces era medir sus fuerzas para ver quién se imponía sobre el otro. Pero, ¿por qué lo hacían? ¿Qué necesidad tenían para hacerlo? ¿De qué sirve mostrarse a uno mismo estar en lo cierto? Además, era una manera muy extraña de mostrarlo. El platero, después de concluir el trabajo, en lugar de preguntarle al patrón que cuánto le iba a pagar, le dijo que ya era hora de que lo matara. El amo le contestó que no lo iba a matar porque quería sus servicios, y el platero le contestó que jamás volvería a trabajar para él.

Después del enfrentamiento, el amo tomó una antorcha y se dirigió a su palacio. La gente se percató de que las cabezas de tigre del portón parecían haber adquirido vida; sus ojos brillaban y los pelos de sus barbas parecían moverse con el aire.

El joven amo, acariciando su propia barba, sonrió e interpeló a Daze:

—Sin duda eres un platero, pero… ¿serás el mejor del mundo?

—Si ponemos a un lado a los muertos y a los que aún no aprenden el oficio entre los vivos, sí, soy el mejor.

—Si eso se comprueba, entonces estás preparado a morir con honores, ¿verdad?

El platero asintió.

El joven amo dijo:

—Está bien —y se dispuso nuevamente a entrar al palacio.

De repente, el platero exclamó:

—¡Cómo un solo hombre pudo desgraciar a tantas muchachas!

El joven amo, sin voltear, soltó una carcajada:

—Si siempre te toca una mujer que ya pasó por mis aposentos, entonces, tu suerte apesta y vas a terminar muy mal.

El platero comenzó a gritar ante la multitud congregada:

—¿Acaso estoy loco? ¡No! ¡Soy un buen platero! Todos ustedes repiten lo que él dice… ¡pobre gente sin cerebro!, ¡qué lástima me dan! Y ni siquiera lo entienden.

La gente le contestó:

—Agradece que tu cabeza aún se sostiene en tu cuello y ocúpate de ti mismo.

El platero siguió hablando y despotricando. Cuando terminó se dio cuenta de que la gente ya no estaba ahí; estaba solo con la luna, perturbada, fría y brillante.

Entonces, recordó que el amo le había prometido buscar la manera de confirmar su superioridad en el arte de la plata. En el camino de regreso a su cueva, se topó con una muchacha y se la llevó a la cueva. Venía de pastorear y emitía aroma a pasto y a leche.

—Tómame —le dijo—, sé que buscas una doncella. No todas las muchachas con las que estuviste fueron tomadas por el joven amo, a quien su padre superaba por mucho tanto en sabiduría como en salacidad. El joven amo, a propósito, les ordenó a las muchachas contarte esa historia para hacerte enojar.

Complacido, el platero le dijo a la virgen:

—Te amo y te voy a hacer un par de hermosos aretes.

—No los hagas tan bonitos, pues, si son demasiado bellos, no serán para mí, los tomará el amo.

El platero sonrió:

—Pero si aún no tengo plata.

La muchacha suspiró y se durmió en su regazo; el platero también se durmió. Soñó que hacía un par de aretes para la muchacha. De frente, sobre una hermosa hoja de árbol, cual perla, colgaba una gota de rocío matinal y detrás, tal y como lo había imaginado, estaban impresas sus dos palmas, símbolo de su destreza y su habilidad. Cuando despertó, la imagen de los aretes aún vagaba en su mente. Suspiró y vio a la joven respirar plácidamente en sus brazos. La fragancia de pasto y leche aún emanaba de su cuerpo. Otro amanecer de pálido sol, acompañado de cantos de pájaros. Sin despertar a la joven, se escabulló y salió. Pensó que ese par de aretes podría ser su legado y digno testimonio de su arte sin par. Pero, para hacerlos, necesitaba plata, y la única manera de obtenerla era recurriendo al amo.

El sol estaba en lo alto cuando Daze llegó al portón. Los pocos arreglos que había realizado la noche anterior le imprimieron una inmensa majestuosidad al portón. El sol prolongó su sombra y, mientras Daze la miraba, pensó que valía la pena morir por la muchacha y decidió engañar al amo. Anunciando su presencia, se arrodilló ante el portón. Pronto le reportaron al amo la visita. De pie en el balcón, éste dijo:

—No iré a recibirte, sube para tomar el té matinal conmigo.

El platero levantó la mirada:

—Trae plata, voy a trabajar para ti. Antes me negaba, pero reconozco que estaba equivocado. Siempre fui y seré tu esclavo y eso nunca tendrá remedio.

—Evidentemente, eres un hombre listo. Clamabas ser el mejor platero del mundo, ¡qué mal ejemplo! Hoy todos los plateros claman ser los mejores. Ése era también tu crimen. Pero yo soy tolerante y ya te perdoné. ¡Levántate!

Al oír que un montón de plateros presumían ser los mejores del mundo, el platero se enfureció. Ahora, simplemente para refutar esas habladurías, estaba dispuesto a trabajar para el amo.

—Amo, deme plata —exigió.

—¿Qué es lo que más ama el platero? —preguntó el amo.

—Por supuesto que su par de manos.

—¿Por qué aquel platero que primero te quería de yerno y luego me pidió matarte, dijo que los ojos eran lo más preciado?

—Amo, ayer en la noche te diste cuenta que un buen platero puede prescindir de sus ojos, pero no de sus manos.

El amo sonrió:

—Lo recordaré. Si en el futuro cometes otro crimen, te quitaré los ojos y no las manos.

Al oír eso, a pesar de la calidez del sol, el platero sintió que un sudor helado le recorría la espalda y dijo:

—Si eso ocurre, te ruego que me regales la muerte.

El amo rio:

—No, porque quiero que tus manos siempre trabajen para mí.

El platero pensó que el amo no sabía cómo lidiar con él y tampoco conocía su intención de hacer un par de aretes para aquella joven, por lo que de nuevo suplicó:

—Dame un trabajo patrón; un platero sin trabajo, sufre.

Relájate unos días. Pienso organizar una competencia de plateros; convocaré a todos los que claman ser los mejores del mundo, ¿qué te parece?

El platero esbozó una amplia sonrisa:

—Entonces dame labores menores. Si tú no ordenas, nadie se atreve a buscarme.

—Un amo debe de ser así. A decir verdad, hace años, si yo hubiera sido el amo, jamás hubieras tenido el deseo de huir. Pero como los demás plateros están practicando, tú también debes de hacerlo. Si ganas, no pasa nada, pero si pierdes, la gente dirá que no fui justo y yo, al igual que todo mundo, amo mi reputación.

El platero puso manos a la obra. En cada trabajo que hacía, escondía un poco de plata. Cuando juntó suficiente plata para hacer los aretes para la muchacha, ésta se perdió y no dejó rastro. Mientras tanto, el Tusi hacía los preparativos para el gran certamen. La noticia se esparció a los cuatro vientos. Del oeste llegaron treinta maestros; del norte, otros veinte; del sur, unos diez, y de las orientales tierras del pueblo Han llegaron otros diez maestros. Se decía que otros tantos, algo atrasados, aún venían por los caminos que comunicaban los territorios Han. Los plateros ocuparon todas las habitaciones del palacio. Llegó público de todos lados. En frente del palacio se erigieron muchas carpas y viviendas improvisadas. La noche en vísperas del certamen, nadie durmió. Una enorme luna adornaba el cielo. El platero preparó el horno y ordenó su herramienta en el suelo. De pronto oyó su propio canto. En toda su vida jamás había cantado; de hecho, estaba cierto de que no sabía cantar. Pero soltó su garganta y, cantando, comenzó a darle forma a los aretes de la muchacha cuyo nombre desconocía.

Cuando el sol salió, estaba listo un arete igual al que había soñado. Si tan sólo hubiera tenido un poco más de plata para hacer el otro arete, ese día no tendría que participar en la competencia. Pero, ¿qué platero no roba un poco de plata? Si dicen que no roban, nadie les cree. De haber sabido eso antes, no hubiera tardado tanto en hacer mi obra maestra, pensó. Bueno, que todo sea por el arte. Pensando eso, preparó sus cosas, metió el arete en el bolsillo y partió hacia el sitio del certamen.

El amo alistó el enorme campo alrededor de un pozo cercano a su palacio. Los plateros se sentaron encima de pieles cálidas y suaves. El amo le permitió a la gente ver la competencia, por lo que en todos los pasillos, terrazas y balcones asomaban cabezas. Sin esperarlo, el platero Daze vio entre la multitud a la muchacha con fragancia de pasto y leche y la saludó con la mano. En respuesta, la joven señaló con la mano el jardín de frutas y Daze supo que ella lo citaba allí después del certamen. Daze justo tocaba sus oídos cuando el amo se le paró enfrente y le dijo,

—Cuídate, si perdemos, te cortaré las manos; dijiste que era lo que más apreciabas en el mundo. El platero sintió que las palmas le sudaban y a la vez le temblaban de frío, pero, lleno de confianza, afirmó:

—No perderé.

—Los plateros tienen muchos defectos, ni modo. Tú no vayas a cometer los mismos errores; si lo haces, no te perdonaré. ¿Entendiste? —preguntó el amo.

—Entendí —dijo el platero.

—No vayas a olvidarlo —añadió el amo antes de subir a la terraza para ocupar su sitio.

Un canasto lleno de plata descendió cerca del pozo. Las primeras pruebas las ganó el platero Daze y el amo bajó personalmente para colgarle el hada.[2]

Cayó la noche y los plateros disfrutaron con el amo el banquete ofrecido: licor de miel, queso, carne de oso y un tazón de avena. Al terminar la cena, el amo charló con sus invitados sobre las distintas costumbres de cada región. La luna ocupó su lugar en lo alto del cielo. Entonces trajeron una canasta repleta de plata.

—Para divertirse un poco, hagan cada uno de ustedes una luna. Veamos quién hace la luna más grande y brillante.

Un sinnúmero de martillos, ding, dang, ding, dang, perturbaron el silencio de la noche. Al poco rato, aquellos cuya luna ni era grande ni brillante, salieron de la competencia y reconocieron su derrota. Sólo la luna de Daze se hacía más grande, más redonda y más brillante con cada martillazo; parecía hacerle la competencia a la luna del firmamento. Al principio, el platero martillaba los contornos, ¿quién iba a pensar que un redondo pedazo de plata, ding, dang, ding, dang, iba a convertirse en una luna tan grande, tan brillante y tan hermosa? La noche era cada vez más oscura y, sin embargo, la luna de plata resplandecía cada vez más.

Daze se paró encima de la luna plateada para terminar su obra. Los presentes admiraron la luna de plata frente a sí y detuvieron su respiración para sentir su ligereza. Esa luna de plata, inmóvil, comprendía los sentimientos de los hombres y sabía que no debía moverse y hacer desaparecer al platero sin igual que le había dado forma. La luna que se divisaba en el infinito decidió bajar lentamente hacia el occidente; la luz que emitía a su paso hizo que la luna de plata brillara aún más. La gente manifestaba su asombro.

El platero se estiró y bajó al suelo. Alguien gritó:

—¡Tú eres inmortal, sube al cielo!

El platero sólo agitó la mano hacia la gente y salió por la puerta.

El amo proclamó a Daze como el ganador indiscutible. Si el platero no echaba a perder su triunfo, al otro día se llevaría a cabo la ceremonia de premiación. El aplauso de los presentes hizo temblar el palacio. Cuando la multitud se disolvía, el amo dijo:

—Miren cómo la belleza, la bondad y la misericordia suprema pueden hacer que la gente olvide su estatus.

El capataz preguntó:

—¿Qué vamos hacer con el platero?

—Él es un inmortal ante los ojos de la gente, ya no tiene motivos para vivir. Ese hombre jamás sabrá cuándo es suficiente, cuándo hay que parar.

Después de esos comentarios, el amo le ordenó a su gente que siguieran al platero, porque estaba seguro de que violaría las reglas de la competencia. El capataz le preguntó que qué debían hacer en el caso contrario. El amo les dijo:

—Tranquilícense, todo aquel que peca de soberbia, tarde o temprano cometerá algún error, porque ésa es su naturaleza.

El platero se reunió con la muchacha en el jardín de frutas. Inhalando su penetrante fragancia de pasto y leche, le dijo:

—Quiero que esta noche engendremos a mi hijo.

—Seguramente será muy hermoso —contestó ella sin sospechar que detrás de esa urgencia del platero estaba su certeza de que pronto moriría y, por esa razón, quería dejar en el mundo la semilla de un genio que no se resignaba a su destino.

La poseyó una vez, la poseyó una segunda vez y luego se acostó sobre el pasto. La luna ya se había escondido. Mientras contemplaba la tenue luz de las estrellas, pensaba que todo aquello que el hombre obtiene durante toda una vida, él lo había obtenido en esa sola noche. Se durmió. Cuando el sol se alzó de nuevo en las alturas, tomó el arete que había elaborado y se lo dio a la muchacha:

—La luna de plata es mi vergüenza; este arete es mi orgullo. Guárdalo.

La joven se mostró muy complacida.

—Si hubiera sabido que te iba a gustar tanto, me habría esforzado para hacer el par.

—Todos dicen que los plateros roban plata, ¿es cierto?

El platero sólo sonrió.

—¿La plata de este arete es robada?

—Es la única vez que he robado en mi vida.

En ese momento, un grupo de gente que había estado escondida detrás de los matorrales se abalanzó sobre el ladrón de plata. Éste, con voz pausada, dijo:

—Pensé que iban a esperar a que el sol estuviera en lo alto para atraparme.

Cuando fue llevado frente al amo, repitió la misma frase, a lo que el joven Tusi replicó:

—¿Y eso qué importa? El sol sube por su cuenta; aunque todos los seres humanos desaparezcan de la faz de la tierra, el sol subirá a lo alto del cielo.

El platero dijo:

—Claro que importa. Si todos desaparecen de la tierra, no tendrás de quién burlarte y no vivirás feliz.

El amo exclamó:

—¡Cielos! ¿Acaso eres sólo otro hombre vulgar? Antes de la competencia te expliqué claramente las reglas, ¿por qué te quejas ahora? Además, robar un poco de plata no merece la pena de muerte. Te cortan la mano que cometió el crimen y ya.

El platero se abrazó las manos y en un instante se acuclilló.

De acuerdo con las reglas del Tusi, al ratero se le debía cortar la mano con la que había robado; si no reconocía su culpa, se ponía a calentar una olla llena de aceite y tenía que sacar un objeto del fondo de la olla. Dicen que una mano limpia no se quema con el aceite.

Al poco rato, frente a palacio ya estaba una olla con aceite caliente.

El platero fue llevado a la plazuela. La pastora estaba a su lado. Algunos lamas, mientras explicaban la ceremonia, leían conjuros frente a la olla con aceite. Una persona se acercó, arrancó el arete incrustado en la oreja de la joven y lo tiró a la olla. El Tusi dijo:

—Ayer el platero ensució sus manos tocando a una mujer impura. Pidámosles a los lamas que purifiquen esas manos con sus rezos.

Entonces el platero fue arrastrado delante de la olla.

Cuando sumergió la mano, un extraño olor invadió el aire. Después emergió, curiosamente muy negra, y de ella asomó el arete. Seguidamente, la carne se desprendió del hueso.

—No castigaré esa mano. Si alguien sabe curar, cúrenla —dijo el Tusi.

El platero meneo la cabeza, se abrió paso entre la multitud y se alejó. Con la mano sana cargaba la mano negra. Entre más la elevaba, más se restiraba. En un momento, casi caminaba de puntas. Fue entonces que la gente se percató del gran dolor que el platero experimentaba. Daze llegó al puente sobre el río, miró por última vez a la muchedumbre amontonada y saltó. Su cuerpo espigado desapareció para siempre de la faz de la tierra.

La pastora, perturbada, gritó y se desmayó.

El Tusi arengó:

—Miren a lo que lo llevó su soberbia. Yo no lo quería muerto; él solo decidió morir. Se dieron cuenta, ¿verdad?

La muchedumbre permanecía en un silencio sepulcral. El Tusi continuó:

—¡Incluso a esa mujer, que cometió un crimen, la he perdonado!

El Tusi habló durante mucho tiempo, pero la gente, no obstante, mucho antes de que él concluyera, se dispersó y se llevó una hermosa historia a sus casas.

Después de un tiempo, el Tusi murió. En la ceremonia de su funeral, por ningún lado encontraban sus manos. En ese entonces, el hijo del platero cumplió un año de edad. Cuando la gente narraba la historia del platero, nadie mencionaba su muerte; todos contaban que, montado en su luna de plata, había ascendido al cielo. Y cada mes en luna llena, solían decir:

—¡Oigan!, ¡allí está nuestro platero, sigue trabajando!

De pronto, un sonido misterioso e incomparablemente hermoso, ding dong, ding, dong, descendía a la tierra. Y la luna, como una gran bandeja de plata, dispersaba sus brillantes rayos sobre la gente.

—¡Miren! ¡Es la luna de nuestro amado platero!

 

A Lai nació en el área tibetana de la provincia de Sichuan en 1959; su origen, y el hecho de escribir en chino y no en tibetano, hacen que se considere a sí mismo una “hibridación a distancia”. Estudió en la Escuela Pedagógica de Barkam. Fue profesor de primaria y secundaria hasta que en 1984 comenzó su carrera como escritor. Trabajó sucesivamente de editor de la revista literaria Xin Caodi (Nuevo prado) y director de la revista de ciencia ficción, Science Fiction World. Ahora vive en la ciudad de Chengdu y es presidente de la Asociación de Escritores de Sichuan. En 1989 publicó su primer volumen de relatos, y en los 90 de poesía. Su primera novela, Las amapolas del emperador tierra (1998), obtuvo el premio Mao Dun en el 2000. Ha publicado también libros de ensayo, entrevistas y ha producido guiones de telenovelas. La obra literaria de A Lai se recrea en el paisaje mestizo de su infancia, la región tibetana de Kham, tradicionalmente alejada de los centros de poder de Lhasa y Pekín, donde la propia mezcolanza del autor (de ascendencia hui y tibetana) reverbera en una prosa profundamente lírica.

Sus otras obras más importantes son Río Lengmo (poesía, 1982), Manchas de sangre del pasado (Libro de cuentos, 1989), El joyero de la luna (Libro de cuentos, 2001), La escalera de la tierra (Ensayo, 2001), Así es cómo prospera día a día (Ensayo, 2002), Las termas lejanas (Libro de cuentos, 2005), La montaña vacía (Novela, 2005), Rey Gesar (Novela, 2009), Zhandui (Ensayo, 2014), y varias han sido traducidas a inglés, francés, italiano, alemán, ruso, japonés, español, entre otros idiomas. Las amapolas del emperador, tiene versión española.   



[1] Cacique, jefe feudal.

[2] Pañuelo ceremonial tibetano. Se ofrece a huéspedes distinguidos y a personalidades.

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Diego Muñoz V.
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Colaboradores:

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