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"Historia de generales", cuento ganador del Concurso Literario Letras de Chile 2016

Por Eduardo Contreras Villablanca

“No sabía que podía pasar con aquello que creaba día a día, era incapaz de etiquetar esta experiencia y no me desazonaba la duda ante el resultado final”

Humberto Solas. Director de “La Cantata de Chile”.

Esos primeros meses de 1974 madrugábamos todos los días, excepto los fines de semana. Desde las cuatro de la mañana en cualquier minuto podía pasar a buscarnos alguno de los buses que nos llevaban a las canteras.  A cientos de chilenos en proceso de aclimatación a los calores del trópico, nos recogían desde hoteles y casas, y luego nos depositaban en uno de los pocos lugares desérticos de esa isla cubierta de vegetación.

A partir de las seis comenzaban los ametrallamientos frente a esa antigua estación de trenes, de la época en que hubo áridos en los filones. La estación fantasma oficiaba de Escuela Santa María de Iquique. Uno de los primeros en llegar al amanecer era nuestro General Silva Renard. Paseaba a caballo entre las líneas abandonadas. Posesionado de su rol, comenzaba a dar instrucciones a diestra y siniestra, distribuyendo las ametralladoras, dando órdenes a los oficiales, arreglándose las charreteras, calzando su sable en la vaina. Mientras los huelguistas nos íbamos amontonando frente a la entrada del edificio y murmurábamos inquietos, separados de las tropas solamente por los rieles oxidados.

Yo conocía mejor que nadie a ese General, era el padre de mi amigo Luciano, vivíamos en el mismo hotel, y en alguna medida gracias a él yo podía participar del rodaje.

Cuando un gigantesco brazo mecánico, cargado de camarógrafos iniciaba el descenso hacia nosotros, Silva Renard daba la orden de fuego. Todos corríamos despavoridos, y uno tras otro íbamos cayendo. Yo solía sucumbir de los primeros, trataba de correr hacia los soldados y llegar lo más cerca posible de las líneas, varios de los niños hacíamos eso. Si íbamos a morir que fuera de manera heroica.

Mi amigo Luciano Bhem era de mi edad. Creo que a ambos nos hacía bien ir a morir diariamente. La masacre de Santa María de alguna manera nos ayudaba a dejar de pensar por un rato en los que habíamos dejado atrás. Yo tenía a mi padre retenido en una embajada en Chile, ya por más de seis meses. El hermano mayor de Luciano no quiso salir del país, y no habían tenido noticias de él.

En los descansos y colaciones, ponían música por altoparlantes. Mientras escuchábamos La era está pariendo un corazón, o algún otro tema de Silvio Rodríguez, o la Cantata Santa María del Quilapayún, Luciano me hablaba con orgullo de su hermano clandestino.

-                 Sí - le decía yo – pero tu papá es ahora el General que nos masacra.

-                 Mi papá no quería- me dijo riendo- pero lo convencieron con eso de que, por ser rucio, de ojos claros y bigotón, él era el mejor para el personaje.

-                 Harto elegante lo dejan, con todas esas borlas doradas que le cuelgan.

-                 ¡Igual que nosotros!

Nos reímos al contemplar los harapos con los que nos vestían. Luciano llevaba un pantalón con un gran hoyo en el trasero, el mío tenía parches mal cocidos que colgaban de las rodillas. Nuestras camisas estaban tiesas de mugre y ya no era posible distinguir su color original. Las suelas de nuestros zapatos no tenían nada que envidiar a un queso gruyere.

Después de cada colación el equipo de utilería nos pasaba por la cara esponjitas con un líquido ácido que nos hacía transpirar, y cuando no estábamos suficientemente sucios añadían unas manchas de tizne en el cuello o en la frente. Nunca entendimos lo de las esponjitas porque con el calor ambiente sudábamos sin parar casi todo el día.

Don Hernán Bhem a veces nos acompañaba en los descansos. Debe haber sido curioso ver al   General con su uniforme azul cubierto de medallas, sacándose el casco prusiano con penacho para compartir sándwiches y bebidas con dos andrajosos niños huelguistas. Nos explicaba que lo de los harapos no era porque los mineros descuidaran la vestimenta de sus hijos, sino por el tiempo que había pasado desde que abandonáramos las minas para ir a la ciudad, más las jornadas recluidos en la Escuela Santa María.

Mi mamá no había querido participar con nosotros, se quedaba en el hotel en el Vedado junto con la madre de Luciano, después del trabajo les gustaba conversar en un banco a la sombra de los flamboyanes de la Avenida Presidente. Me dejaba ir porque don Hernán le había prometido cuidarme.

Nos preguntábamos cuántas escenas más de la matanza se necesitarían para dejar satisfecho al director.

-                 Miren cabros – nos dijo el General - el director es detallista. Cuando filmamos los encuentros entre españoles y mapuches…

-                 Supongo que le tocó ser español tío – lo interrumpí.

-                 ¿Qué crees tú? Para nosotros fue un calvario aprender a andar a caballo con armadura, pero creo que era peor para los compañeros que les tocó ser mapuches.

-                 ¿Por qué? – preguntó Luciano.

-                  Tenían que cabalgar en pelotas. Luego de unas cinco o seis escenas de ataque a caballo, quedaban con el trasero totalmente cocido.

-                 ¡En pelotas!

-                 Sí, después los veíamos poniéndose povidona unos a otros.

Don Hernán reía y se rascaba las largas patillas postizas que llevaba para caracterizar a Silva Renard. Luego de esos instantes risueños se ponía serio. Como que no se daba permiso para reír mucho. Yo imaginaba a su hijo ausente, mirándolo con unos ojos tan azules como los de su padre, con el ceño fruncido, como reprochándole por estar haciendo chistes mientras él arriesgaba la vida.

A veces se quedaba mirando hacia el horizonte. Luciano y yo lo acompañábamos en el silencio. Alguna vez, tratando de interpretar sus pensamientos, le dije algo así como:

-                 Pero es importante esto de la película que estamos haciendo ¿verdad? Va ayudar a que el mundo preste más atención a nuestro país.

-                 Ojalá – su sonrisa fue triste, después sacudió la mano como para ahuyentar un pensamiento, y mientras se levantaba del taburete acomodando su sable nos gritó – Ya. ¡A la escuela!, hoy tengo que ametrallarlos por lo menos un par de veces más.

Nos deben haber matado más de cien veces. Por lo menos unas cinco por día. Recuerdo que a veces para mayor dramatismo, alguna señora alzaba mi cuerpo ensangrentado clamando hacia los oficiales, para después caer también abatida por una ráfaga. En otras ocasiones quedaba tendido y al rato alguien caía encima aplastándome. O bien me dejaba rodar aparatosamente por una pendiente rasmillando mis brazos y piernas. Cuando andaba más melancólico caía de a poco, en cámara lenta, trastrabillando y lanzando manotazos al aire.

Repetimos tantas veces las marchas desde las minas, las manifestaciones en la escuela, y las discusiones sobre qué hacer, que nos dolía el desenlace. Algunos lloraban de verdad al cesar los disparos, cuando caminaban entre los cadáveres. Pasábamos más tiempo del día en eso que en nuestras rutinas de estudio o trabajo. Creo que luego de un tiempo ya nos sentíamos pampinos. ¿Qué habrá sentido don Hernán? No podía identificarse con Silva Renard como nosotros con los huelguistas, ni siquiera era actor, en ese caso quizás habría podido hacerlo. Era abogado, y le tocaba ordenar diariamente la matanza porque era rubio, y porque necesitaban protagonistas con acento chileno.

Para una de las tomas llevaron extras cubanos. Don Hernán aprovechando su voz de mando como General a cargo de la zona, hizo ver al director que se producía un problema de acentos, los anfitriones gritaban ¡Hue-ga!, ¡Hue- ga!, con su característica voracidad por las eles. Le hicieron ver que no importaba, porque luego la banda sonora sería ajustada por los especialistas.

No tenía cómo saber que esa era la última vez que los iba a ver en mucho tiempo, y la última matanza que se filmó con don Hernán. Recuerdo perfectamente que, en esa ocasión, apenas dio la orden de fuego, una pareja de adultos me tomó cada uno de una mano y corrieron conmigo. Alcancé a divisar a Luciano que caía de espaldas como golpeado por una ráfaga. Yo estaba molesto porque tenía preparada una muerte muy acrobática, pero ese par que me arrastraba fuera de la escena me impidió ejecutarla.

Al día siguiente don Hernán y Luciano no fueron a la filmación.  Habían llegado desde Chile malas noticias sobre Carlitos, el hermano mayor de mi amigo.

El director debió buscar un nuevo General Silva Renard. Don Hernán ya no pudo seguir desempeñando el rol de un asesino. Se fueron los tres a Argentina, a tratar de hacer gestiones para sacar de Chile el cadáver de Carlos Bhem.

Aunque el nuevo General, un gringo de izquierda afincado en Cuba, resultó ser más brutal que don Hernán ordenando la masacre, ya no pude morir con el entusiasmo de antes. Abandoné la Escuela Santa María antes de que el Director diera con la escena precisa.  Fui a ver la película cuando la estrenaron, pero nunca he vuelto a escuchar la Cantata del Quilapayún.

Este fue el cuento ganador del Concurso Literario Letras de Chile 2016, Género Cuento. El jurado estuvo compuesto por Alejandra Basualto, Cristián Montes e Inés Valenzuela, quienes fundamentaron su fallo con los siguientes argumentos:

El cuento Historia de generales fue premiado, en primer lugar, por el tipo de imaginación narrativa presente en la representación de mundo. Son convocados dos momentos históricos con una perspectiva crítica y una sugerente proyección al presente del país. El punto de vista escogido para contar la historia incide en la atmósfera de ambigüedad coherente a la naturaleza del relato. En términos escriturales, es un cuento que evidencia una notable capacidad de condensación narrativa, como también un loable nivel de precisión léxica y capacidad descriptiva”.

Eduardo Contreras nació en 1964 en Chillán. Desde ahí partió al exilio con su familia, luego del golpe militar en 1973. Regresó a Chile a fines de 1983. Es Ingeniero Civil Industrial, MBA y Doctor. Profesor de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile desde 1996. Participa en el Taller Literario del escritor Poli Délano desde el año 2007. Ha publicado cuentos en diversas revistas y antologías, entre otros: “Pet Staff”, en la edición de marzo de 2005 de la revista Pluma y Pincel; “La novela premiada”, en la antología Plaza Italia de Mago Editores (2006); el microcuento “Imágenes”, en la “Antología Basta! Más de 100 hombres contra la violencia de género”, de Editorial Asterion (2012). El cuento “El mate soñado” fue premiado y publicado en el libro Memoria, Participación, Democracia del INDH y el Museo de la Memoria (2013). El cuento “La importancia de lo embotellado” fue publicado por la Dirección del Trabajo en la selección de obras ganadoras del concurso Mi vida, mi trabajo (2014). Los microcuentos “L’Alibi”, “Andrea” y “Fission Nucléarie”, fueron traducidos al francés y publicados en el libro digital “Lectures du Chili” (2014), y los microcuentos “Cayendo en las entrañas”, “La coartada” y “El avión” fueron publicados en la revista digital argentina Cita en las diagonales el año 2015. El libro “Don´t Disturb: Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias” fue publicado el 2005 por Mago Editores. Esta novela fue ganadora del Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral del año 2002. La novela “Será de madrugada” fue publicada por CEIBO editores el año 2015. Finalmente, el libro “Cuentos urgentes para Nueva Extremadura” fue publicado por Editorial Espora el año 2016.

 

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Diego Muñoz V.
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