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Río Herido (2011-2016) una memoria

Por Felipe Eugenio Poblete Rivera
Para Daniela Catrileo, en recuerdo de 2011

El 2011 es el año en que Daniela Catrileo (1987, San Bernardo) fue integrante del taller de poesía de La Chascona. Ahí nos conocimos, pues también tuve la fortuna de atravesar ese terrible año en ese fraterno y luminoso taller. A través de esos meses, su proyecto poético en construcción era ya «Río herido», impreso y fotocopiado en comunes páginas tamaño carta, que atesoro junto a las de mis otros compañeros de taller, entre los que contaban, entre otros: Francisca Santibáñez (1985), Juan Carreño (1986) y Francisco Martinovich (1987).

No fue a mí a quien le tocó explayarse en extenso sobre los notables textos de Daniela, sino a otro integrante, el poeta Sebastián del Pino Rubio (1987). “Hacia una poética neo-ancestral”, se tituló su impecable análisis de los poemas de Daniela. Sobre el conjunto, apuntaba entonces Sebastián: “es una multidefinición que desde la escritura simboliza la realidad de muchas personas y familias que pertenecen al pueblo mapuche, esto es, la migración desde su cuna ancestral”, añadiendo que “el lenguaje elegido por la autora se caracteriza por su crudeza. ¿De qué otro modo se podría escribir cuando la temática central del poemario se refiere al desarraigo, al éxodo doloroso, al desposeimiento, al vencimiento de la periferia?”. Pero no todo fue elogio, merecido por lo demás, sino también crítica constructiva en relación a unas repeticiones innecesarias, como también algunas palabras ajenas al registro que estaba propuesto entonces.
Esa sesión dedicada al «Río herido» tendría su fecha el doce de septiembre de 2011, cuando yo venía y volvería a Santa Cruz, donde mi abuela paterna –Lucía Aguirre del Real, poeta a su vez– fallecía el día anterior, domingo once y sus funerales se celebraría el día trece. Y aquel conjunto de poemas de Daniela, que anduviera acaso por sus cumbres aún y lejos de su mar, me quitaban una sed viajando distancias chilenas del valle central desde la región de Valparaíso: leyendo poemas como “Todo río contiene un corazón de engaños” (por entonces en prosa), “Todo mi mapa es periférico” o su clásico “Niños ocres del sol” (que antes de título fue apenas epígrafe). En esas fechas decisivas pasé de la tranquila ribera a zambullirme en el caudal de esas secretas voces bajo el agua, transcritas por Daniela. De alguna forma, su poesía también queda tiñendo parte de la memoria mía, “mi río de viejas historias” (p. 52)

Ese lunes doce, Daniela nos presentó y entregó una página con el título de Poética. “Mi poema es un viaje colmado de secretos”, apuntó entonces. “Llevo las palabras desde niña”, confesó; “siempre estoy escribiendo pequeñas frases que me escriben por dentro, como un susurro”, aseguró. “Mi viaje con río herido toma cuerpo de hombre, mujer, niña”, aclaró. Siempre fue una escritura mestiza y compleja la suya, vita,l aunque mortífera, sincera hasta su lecho oscuro en que el propio río se golpea avanzando en el tiempo y en los años. Aquella entrega ya poseía notorios cambios respecto a la primera que le vimos en el taller, el primer lunes de un antiguo junio. Y todavía desde otra altura mucho anterior (nos contó que desde el 2009 andaba en este proyecto tan suyo), venía la fuerza y el desgarro del lenguaje que Daniela nos ofrece en su conjunto nombrado como ella misma: Catrileo, que es río cortado en mapudungun: pero acá la poesía sabe hacer de las suyas: y río herido opera como excelente equivalente, o sinónimo. Ciertamente la herida y el corte son –como querrían tristes académicos– conceptos claves de este potente poemario.

Desde entonces hasta la fecha, el río que Daniela nos escribió fue pasando bajo numerosos puentes –los trabajos de edición y de corte– y a la vista de numerosos ojos y en la voz de cuántas voces “¿Qué se abre / en el lenguaje / de las aguas?” (p. 19). ¿Cuántas cosas han permanecido desde entonces? El epígrafe de la poeta y cantora argentina Juana Molina siempre estuvo ahí, pero fue en la misma sala del taller que obtuvo su extensión final, actual. De hecho, entre la primera y segunda entrega, allá en el 2011, no fue ni es difícil advertir los cambios y modificaciones que Daniela realizó: guiada por esa intuición poética y colectiva que se convocaba en el taller, cuando ya palpitaban las ciudades de Nueva Imperial y Santiago entre los versos del «Río herido»: la identidad en que confluyen una historia familiar e íntima –la de la autora– con otra colectiva y plural, que es la feroz y dolorosa del pueblo mapuche; sutilmente trenzadas con el agua de la poesía, en un curso donde son escritas la tristeza y la infancia, con una lengua herida.

Dos años más tarde, «Río herido» aparecería bajo la forma de un libro, de tomo y lomo, en septiembre de 2013, bajo el sello editorial de “Libros del perro negro”, precaria y desprolijamente concretada, eso sí, haciendo aparecer novedades en el flujo poético de sus páginas, que por el sus compañeros de taller no le conocimos: las citas de Juan Emar y de Elías Canetti o el poema “Dirección San Francisco”, que corona en la desembocadura del libro, cerrándolo. Pero era el libro, entonces, ostentando una imagen algo espantosa (ilustración de Ricardo Allende) en la portada; libro que fuera presentado un 24 de octubre de 2013, por los poetas Juan Carreño y Francisco Miranda, en una noche de camaradería, poesía y música, como suele ser la tónica de las presentaciones de libros. Ahora bien, este caudaloso y potente «Río herido» continuaría su curso rumbo a un viaje todavía más profundo.

Recientemente, tres años después de aquella primera publicación y tras casi siete años de su origen, el sello “Edicola Ediciones” publica este poemario, que así vuelve a brotar, renovado en su caudal antiguo y sonoro: «Río herido» de Daniela Catrileo. Y ahora sí con una impecable factura material que le hace justicia a la poesía que adentro despliega, exponiendo un elegante y sobrio trabajo de diseño de cubierta (obra de Aracelli Salinas), que evidencia los nombres de las ciudades que involucran la migración cultural que en el libro se observan: Santiago y Nueva Imperial, una vez más, como en 2013, como en 2011 también.

Esta reciente presentación estuvo a cargo de las poetas Nadia Prado y Soledad Fariña –ambas intervenciones notables y preclaras– la tarde del 21 de diciembre de 2016 en la Biblioteca de Santiago, donde el editor de poesía de Edicola, el poeta Raúl Hernández, trabaja. El libro, que está dedicado “Al fuego de las calles / y a las voces bajo el agua” en ambas ediciones, posee finísimas diferencias “en el temblor de sus olas” (p. 24) y en los poemas que comparten existencia en una y otra edición: aspectos verbales que demuestran la delicada labor editorial de su autora, obstinada con el cultivo de su río, por compromiso con su propio oficio: la escritura, la poesía. El libro mismo destila también esa dirección, porque el trazado de los ríos curiosamente semeja también las rutas de unas venas o, por lo menos, las del sistema nervioso: “Estamos en un mapa que se fragmenta” (p. 49). Es una notable portada, según percibo. Esto último fuera mero detalle para lo que hondamente importa, los versos, pero la palabra “herido” está separada en colores, dando en rojo la palabra “ido”, que una vez más hace pensar en el flujo incansable que “se dice / entre el agua / y la tierra” (p. 26).

Esta nueva entrega de «Río Herido» posee, además, nuevos cambios respecto a sus versiones pasadas. No únicamente el caudal y el grosor han cambiado, también las temperaturas son diferentes en varios tramos; también las angosturas del río han sufrido modificaciones o bien han recibido afluentes y, sin embargo, persiste siendo el «Río herido» que le conocí a Daniela, en 2011, cuando la conocía también a ella: poeta y amiga. Sí, los poemas cruciales siguen palpitando ahí dentro, líquidos y concretos, con la intensidad innegable que les asegura –y sin duda– una importancia entre las nuevas letras chilenas; al menos de esa manera quiero creerlo, “como quien se apuñala / a sí mismo / para salvarse” (p. 20), para apostar por una fragilidad –la palabra poética– en nada pasajera, aunque sea pasajero siempre su flujo, imitando al infinito.

En el poema “Soy lo que no construiste en un sueño de niñez” (p. 40), se conserva aquel verso celebrado por Floridor en 2011: “corre por el verde mohoso del cerro”, como también el sonoro “somos periferia somos” que para mí resuena como un punto álgido y característico de todo el libro, puesto en cursivas en esta última entrega, y que propició comentarios divergentes en el taller del 2011. Definitivamente están diferentes a cómo estuvieron ese año, pasando como de contrabando de poema en poema, acaso atrapados en algún remolino de su propia corriente, “en busca de su caudal” (p. 37); sin duda “el río es voz” (p. 19) y a través de meses y meses va esculpiéndose en métrica versada su memoria en palabra impresa, persiguiendo su propio recorrido. Al estar cerrado el libro por el poema “Vamos a Santiago” se potencia la condición del viaje que la autora tanto buscó representar (“Este no es mi viaje. / Este es mi viaje.” (p. 11), dice al iniciar), aquel que en todo el libro tiene sus mil ojos abiertos como la selva, a través de sus cuatro secciones como cuatro anulados puntos cardinales, donde orientarse es ir de mano de la intuición, donde el propio cuerpo es ya un mapa y “El ombligo como punto medio / del reencuentro” (p. 47), que sigue siendo el mismo libro, este «Río herido» de ritos y dolores, de voces y de infancia, cortado en cuatro ámbitos nombrados: “Cesura: testimonio del accidente”, “Todo río contiene un corazón de engaños”, “Ser incendio en tu cauce” y “Acción fluvial: inmersión”, encabezadas cada una por epígrafes pertinentes, además: de Juana Molina, de Guadalupe Santa Cruz, de Elías Canetti y de Algernon Charles Swinburne. Aunque, ciertamente, esas cuatro nombradas zonas siguen siendo una sola y misma unidad: «Río Herido», en tanto se trata de poemas que, en su conjunto, articulan una protesta directa contra el olvido, así como este texto que (le) escribo se da al mismo y noble esfuerzo.

Esta valiosa obra escrita que larga y minuciosamente ha trabajado Daniela, conforma, a mi juicio, un libro crucial en el panorama de la contemporánea poesía chilena, y me refiero a los autores nacidos en la segunda mitad de la década de los ochenta. Por fortuna, son varias ya las antologías que recopilan parte del trabajo poético de Daniela, desde la binacional antología Chile-Nicaragua, titulada «Nuevos poetas de América» (2013, Ediciones de la Fundación Pablo Neruda), en donde su selección proviene íntegra de las aguas del «Río herido» a saber: “No he visto llorar a mi padre”, “Todo mi mapa es periférico”, “Respiro hacia adentro olvidando las costillas”, “A partir de la lluvia”, “Niños ocres del sol” y “Las luces de la ciudad”. Además, contamos con la aparición reciente de «Parias, poetas y borrachos» (2016, Editorial Anagénesis), que incluye una muestra de su proyecto poético «Guerra florida», todavía inédito; también está la publicación colectiva «Niñas con palillos» (2014, Balmaceda Arte Joven), o también su plaquette «AM y el canto de los pájaros» (2011, Editorial donde van a morir las ballenas), en donde se incluye una muestra de otro de sus proyectos: «Invertebrada». A este listado pudiera agregar, también, su participación en el segundo encuentro internacional de poetas mujeres “Con rímel” (2010) u otras publicaciones –de circulación muy escasa– como «Cajita de coser» (2009) y «Cada vigilia» (2007), o también su participación en el colectivo poético “Florerito quebrado” (2008-2010), casi mítico a estas alturas. Es sin duda un trayecto lleno de actividades y labores, del cual el libro «Río Herido» es una zona más, crucial e ineludible “como / la próxima ola” (p. 16).

Diciembre 2016 – Febrero 2017
En www.letras.mysite.com 

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