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Cautiverio, una red en constante expansión

Sobre la obra de Camila Mardones

Por Francisco Vargas Huaiquimilla

Presentación expuesta al público en septiembre del 2015, en Alianza Francesa Osorno.

Antes de todo quisiera invitar a los presentes a un ejercicio que no es tan inusual. Me gustaría que cada uno sacase su teléfono smartphone del bolsillo, bolso, etc. Iphones, Samsungs y marcas no registradas aún en el imaginario local. Que ahora a estos celulares llamaremos Atalayas. Enfoquen con su cámara en video o foto hacia quien les habla, mientras hago el ejercicio de lectura que comenzaré, sin detenerse contantemente vean y escuchen a través de sus teléfonos, para así experimentar una propuesta que se me planteó cuando leí Cautiverio. Para así también como dice uno de sus versos “calmar el miedo del nadie vigilado”.

Comienzo:

 “Querido Hubert: Eres un pez de aguas profundas. Ciego y luminoso. Nadas en aguas turbulentas con la rabia de la era moderna, pero con la frágil poesía de otros tiempos” Frase de la película. I kill my mother, Xavier Dolan.

En un mundo, continente, país y cuerpo siempre en estado de observación por un ojo omnipresente, en esta época asimilamos cierta felicidad al acercarnos a nuestro propio ojo quien auto-vigila. Hoy quisiera ser otro ojo, el de la autora del libro o ser una “perra santo” como indica en un acto de astucia trans, Camila Mardones Vergara. Este ser perra-santo junto a otros ladra, observa y enseña algo, quizás los dientes, quizás a aullar o enfrentarse al ojo que gobierna frente a los rostros mientras sonreímos en la captura.

El tránsito de este animal-cruza-mestizo que descubre el mundo en un chispazo, que cree que las demás criaturas le temen y está lleno de deseo por conectarse con esos otros como dice en el texto “duerme conmigo hoy/ aunque haya sólo una cama/ si te asusto no importa/ duerme en el piso/ no importa créeme/ soy buena haciendo nidos”

Estos nidos son los que nos acercan a un lenguaje de diversas criaturas, con el ritmo y la reiteración como punto de creación tecnológico, electrónico, repetitivo muy cercano a la época contemporánea. Imagino redes y más redes, cortes, fragmentos, estas formas como expresión que abundan en la escritura de Camila sin ser evidentes, ni quizás haber tenido un propósito similar. Sin embargo, se me expone a mi ojo, el libro como una tecnología, un nexo conector de un ritmo de internet y una naturaleza plagada de nuevas “naturalezas”. La cantidad de recursos en el libro, sus imágenes violentas y hermosas, modernas e infinitas, “tumblerianas” en su composición por acuñar un término. Plagado de fracciones que el ojo no entrenado o no nacido en cautiverio podría encontrar abrumador, sin embargo, hipnotiza cual rostro frente a la pantalla de cualquier dispositivo de vigilancia que hemos llamado en esta lectura ATALAYAS como las antiguas torres de vigilancia.

 Los nacidos en cautiverio crecen con su propia potencia eléctrica, una paranoia y goce, como cuando dice el texto “temo al accionar sin vigilancia” los cuerpos se exponen, en este caso este cuerpo se expone cual modelo frente al flash. La autora como canal de imagen, como el vigía, vigilado, ambas o ninguna todo en un solo ojo que a la vez es múltiple. Lo interesante en este cautiverio es el deseo de ser observado ya que resta fuerza y poder a ese vigía, extirpa el éxtasis del que observa como lo afirma en un verso “caminar sola en cautiverio sólo me hace amar más aún los atalayas” Existe entonces al ser vigilado una resistencia al poder, un goce al verse completo, desnudo de sí y en constante tránsito. Invita a ver sus transformaciones que son reiteradas. Diversas bestias, fieras, animales de ternuras inmensas, pero todas cargadas de fuerzas que llevan al texto a puntos de alto ritmo delirante y pop como también popular y cotidiano, haciendo de tan cercano acceso a cautiverio como una novedosa y prometedora tecnología como por ejemplo al exponer “entre tanto trabajo/la oficina    el papeleo el juntar las lucas/el caminarme la plata de la micro/entre tantas sonrisas de amigos que me faltan/de tantas tardes con mis padres que nunca viví/y ahora ya no están/entre tantos sobajeos de espalda y palmetazos/ser el empleado del mes/el hijo del mes/el trabajador del mes/el mejor compañero/el mejor vecino/el mejor escritor/el mejor estudiante/el tonto eficiente/y que no sirva de un carajo.” 

 

Luego, cuando sigo el curso de lectura, al leer en el texto “ahora que me paro en esta orilla de la vida / donde las palomas nacen donde nacen las espinas/ y los cantos huelen a vasos quebrados en otras manos/pido perdón a mis pasos y a mis costumbres/por presentarles a un joven nuevo proveniente de un mar oscuro” podemos observar también en este transitar del ojo sobre el libro, no sólo es un ser el que camina, se acompaña de más, a veces de uno, a veces del mundo, a veces de una voz que se auto-cuestiona. Pero estos acompañantes de este cuerpo-cámara-ojo aportan a hacer de ambos una nueva mirada, un nuevo par de lentes con que atrapar y fisurar con deseo, al vigía de sus actos. También me habla de otra mirada cuando leo en el texto “donde duerme un niño y llora escapando de su reflejo en el agua” se experimenta en esta suposición que la imagen que entrega el elemento orgánico como el agua ya no gusta, no se confía en el reflejo, ya no más, podemos ver o ya no ver ese otro natural, biológico, sino más bien otro que necesita de un nuevo reflejo, del cual Camila Mardones Vergara ha encontrado las claves en una escritura rítmica llena de beats, dejando atrás paradigmas clásicos de lo que en el sur se supone debe escribir, ya no es una autora del sur, es una autora de redes nuevas y expansivas a cada mega de velocidad que adquiere en su ritmo escritural.

La cantidad de jóvenes criaturas que juegan con barro, a reconstruir, una generación de pampas y puertos, voces de ciervos, conejos, amigos, aullidos, pájaros, todos salvajes en su actuar, amando ser vistos, vigilados, sin miedo, amando por amar y amar para ser vigilados, porque aún no sabemos de libertad.

La salida de las criaturas del cautiverio hacia una nueva fiesta, el sabor de las libertades como utopía, ya que no sabemos qué es bajo la constante vigilancia, quizás un cuerpo nuevo que se transforma como lo hace el ser que habita este libro sea libertad, la quimera, el híbrido y los cientos de configuraciones animales que se puedan lograr. Por último, cuando el ojo registra el verso siguiente “mi ansiedad es el tigre que ruge a una luna que no se deja ver los domingos/ y que no tiene padre, madre, ni hermanos/ sólo un par de crías que le fueron separadas al nacer” me pregunto ¿Quiénes son estas crías? Podríamos ser nosotros, entonces somos las crías perdidas en una especie de limbo entre el placer del ser vigía-vigilado - vigilado-vigía, pero cómo en el ejercicio de ATALAYAS que hemos aplicado o espero aplicarán ¿Cuánto tiempo durará esto? ¿Quién será el que desista primero o el que disfrute más del placer de la imagen captada? No lo sé, es una interrogante que me deja este libro y tantas otras más, ya que a mi parecer la función de este entramado de conexiones que es libro y cuerpo en expansión, es abrir un nuevo espacio de discusiones sobre un cuerpo que se abre en una interesante explosión de energía y que invito a disfrutar de los códigos de este, un nuevo portal.

Bitácoras

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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