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Monstruos diminutos

 Diálogo de tigres, de Lilian Elphick

Por Patricia Espinosa

Minificciones –o textículos, como los llamó Julio Cortázar- que no van más allá de una página y que en algunos casos parecen concatenarse o seguir su propia ruta; textos cuya trama se encoge para dar  lugar a una especie de prosa poética, una reflexividad en torno a sensaciones, afectos, relaciones de dominio y la preocupación por el acto de escritura.

Este libro de Lilian Elphick crea un espacio en el que predomina un imaginario del dolor que vaga por retazos cotidianos, donde emerge una simbología que traspasa el realismo.

Diálogo de tigres es un volumen de 75 relatos, en los que convive la profundidad con la extrema simpleza. Esta tensión entre los textos, que a veces lindan en la ingenuidad, no logra por ello quitar peso al conjunto. Un excelente ejemplo de esa convivencia con la sencillez fabulística sucede en los relatos dedicados a una pareja de tigres. Riesgosamente se enfrentan los diálogos de los personajes mediante escenas que bordean la alegoría. Digo riesgosamente, porque la lectura ingenua pudo coagularse, pero la autora consigue dar a cada texto un peso filosófico donde la vida, la muerte y el amor están siempre presentes. Los tigres funcionan como personajes adánicos, desprotegidos, cargados de historias, marcados en la piel, a veces lejanos y otras tremendamente cercanos entre sí: “En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben”. La animalidad confluye con un discurso triste, rotundo, porque saben que  “morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche”.

Seres monstruosos pueblan además esta narrativa, seres que abren la presencia de mujeres desoladas, que sufren, que escriben, que se desligan de la escritura, que matan y que aman tormentosamente. La construcción de un sujeto femenino que ha traspasado límites y se duele, pero que a pesar de ello experimenta una extraña felicidad, es un acierto de este libro, en lo particular porque logra dar cuenta de cierta perversión necesaria para el logro de la liberación.

Con sutileza, las narraciones van dando cuenta de que los personajes deben destruir a la figura autorial, aquella que los escribe, aquellos “cazadores que disparan tinta en blancos papeles”. De tal modo, se reinstala el tópico de los personajes autonomizados de su creador, o en franca disputa con él, que es una especie de dios al que sus hijos deben matar. Se remarca así la condición de ficcionalidad de esta escritura desprendida del escritor, cita a la muerte del autor planteada alguna vez por Roland Barthes, que postula la autonomía absoluta del texto en oposición a la tendencia de leer a partir de la biografía del autor.

Diálogo de tigres es un conjunto de relatos rasposos, cargados de imágenes rudas que se deslizan por atmósfera dolientes en las que se distorsiona lo que pudo ser una fábula, un cuento y especialmente la pureza de un género, dando lugar siempre a una reflexión sobre el acto de la escritura.

***

En: Diario Las Últimas Noticias , 9 de septiembre de 2011.

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